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  • Cristian B. Reche Lillo

Rechazo, fracaso... y un chupito de esperanza




Empiezo con una confesión personal: no soy el tipo más optimista del mundo.


Los lectores de mis novelas lo saben, o se lo pueden imaginar. Aquellos que me conocen lo tienen claro, pertenezco al club del vaso medio vacío.


Y eso que en cuestión de carácter, creo, nadie lo diría.


Tómate unas birras conmigo un día (cuando quieras, eh) o un café, o un Colacao si te apetece y descubrirás a un chico luminoso, sonriente, con el que no tendrás ni un solo silencio incómodo.


Pero es mi forma de ser, mi forma de enfrentarme al filo del abismo por el que tengo la impresión de andar siempre.


Al mal tiempo, buena cara. Y ser amable no cuesta nada.


Y, oye, que tampoco soy un joven Werther suspirando por las esquinas y maldiciendo al destino.


Para nada.


Tampoco me molesta oler el tufo del abismo cerca, siempre hambriento. Me he acostumbrado a él, es parte de lo que soy y no sabría existir sin él.


Que a veces me asomo más de la cuenta... Pues sí.


Pero otros tienen alergia al polen, a mí qué me cuentas.


Vamos que, en definitiva, me considero un tipo normal y corriente, ni muy pesimista, ni tampoco un derroche de optimismo.


Y es que, joder, no me considero nada especial. El mundo no gira en torno a mí, ni siquiera soy un hilo importante dentro del Entramado (un saludo a Robert Jordan y su Rueda del Tiempo).


Solo soy el azar con barba roja y pelo alborotado, procurando no asomarse demasiado al abismo.


Y, con todo mi cariño, que le den bien fuerte a Coelho y sus coelhadas. Solo de pensar en obligarme a ser feliz me siento triste, cansado. Déjame en paz, aquí en mi rinconcito de días soleados y días lluviosos, de libros, besos, risas, llantos y perros.


Estoy harto de intentar ser feliz constantemente. Es lo que más me deprime, comprobar mi nivel de felicidad constante.


Hey, a veces estoy triste. Vaya, seguro que tú a veces estás triste. ¿Y qué? Sucede. Y forma parte de la existencia. Como respirar.


Buscar constantemente la felicidad es como sumergirse en el océano e intentar inhalar todo su oxígeno.


Una gilipollez. Un suicidio.


Es como la canción de La Maravillosa Orquesta del Alcohol (la MODA): "mil demonios se me acercan susurrando himnos de alergia a la alegría, como si la tristeza fuera solo mía".


¿Y a dónde voy con toda esta chapa que te estoy contando?


A que el rechazo y la negativa constante forman parte del universo y de nuestras fibras.


Por ejemplo, ayer me rechazaron un cuento en una revista de fantasía, con este elegante mensaje:


"Este breve relato tiene una dinámica fantástica en los diálogos y consigues con cuatro brochazos caracterizar estupendamente a los personajes e incluso el escenario pero buscamos algo menos introspectivo. Espero que el rechazo no te desanime y nos mandes más relatos. Prometemos contestar más rápido. Saludos!"


La verdad es que me lo olía, ya que la línea editorial de la revista es más de dragones y fantasía épica, y lo que yo mandé no se ajusta a nada de eso (que por otro lado me encanta).


Y sí, podemos empezar con lo de que a Stephen King le rechazaron sus primeras novelas, o la manida historia de los Beatles y la discográfica que los ninguneó.


Ojo, que ni de lejos me estoy comparando.


Solo quiero decir que el rechazo y la negativa son los límites habituales de cualquier día en nuestras vidas.


Así son las mañanas en la oficina, ¿no?


Y si me rechazan aquí, probaré en otro sitio. Lo mismo con una novela. Las editoriales se juegan mucho a la hora de publicar un libro, por lo que entiendo que, tras darle unas cuantas vueltas, lleguen a la conclusión de no publicarte.


Ok. No pasa nada. Seguimos mandando manuscritos. Y así.


Y esto se puede aplicar a todo.


Me he caído muchas veces, muchas veces he creído que no iba a salir, y la verdad, haciendo retrospectiva, a pesar de no ser el más optimista, siempre he conseguido levantarme y subir sin demasiado aspaviento.


A mí manera.


Así que bueno. Un rechazo más a la saca, pero con muy buenas palabras (que así da gusto).


Me lo guardo para desayunármelo mañana.


Ah! Y por cierto, por si te interesa, el relato era este:



Opuestos


No es un lugar bonito, en absoluto.


El hedor a cerrado flota en el ambiente como un fino polvo, residuo de innumerables mundos. Olor rancio de tiempo estancado.


Y en el centro está él, con su sombrero de copa, el abrigo negro y la funda de un violín a los pies. Observa con gesto cansado el aspecto deplorable de la estancia. Suelo de baldosas agrietadas, ventanas de aluminio, opacas, que no dan a ninguna parte. Mobiliario escaso. Un escritorio con cajones, un flexo, un cenicero de cristal y dos sillas de plástico blanco.


Se quita el sombrero para rascarse la cabeza con ahínco y soltar un largo y ruidoso bostezo. Recuerda cuando en las partes todavía había pintura. ¿Cuánto ha pasado? “Qué más da”, piensa con una mueca en los labios. A fin de cuentas, el tiempo es relativo o ni siquiera existe. Polvo. Nada. Ya veremos.


- ¿Me vas a tener esperando para siempre o qué?


La puerta de la estancia se abre y entra un tipo bajito y algo chepado que camina sin ganas con los pies a rastras. Ignora al del sombrero para sentarse en la otra silla, tras el escritorio. De manera maquinal abre un cajón y rebusca. En cuestión de segundos saca una carpeta azul que deja caer con brusquedad sobre la mesa. Acabado el ritual dirige sus ojos glaucos llenos de ventas rojas al tipo del sombrero.


- Empieza tú.


Asiente el otro.


- Este sitio ha visto días mejores... - Comienza a decir.


- Sí. Tenemos que renovar la oficina, ya lo sé. ¿Algo más?


- Pues ahora que lo dices... ¿No te da vergüenza?


El aludido enarca una ceja, interrogativo y visiblemente irritado.

- Me refiero a tu camisa. Joder, es que es horrible.

Ambos fijan su atención en la camisa hawaiana de palmeras que lleva el bajito

bajo la americana de pana.


- Te has propuesto tocarme los cojones durante toda la eternidad. ¿Verdad? – El tono pretende sonar seco pero se advierte cierta distensión, cierta pereza. El bajito parece acostumbrado a los juegos del tipo del sombrero.


Hombros encogidos. Poco más que añadir.


El del sombrero sonríe mientras sus miradas se sostienen a pulso. Dos viejos compañeros al final de una larga jornada de trabajo compartiendo fatigas y quebraderos, exentos de esperanza. Eso parecen.


- Estás dándole vueltas a algo. Lo veo en tus ojos. – Dice el de la camisa, saltándose el protocolo.


- Mis ojos son negros y no muestran nada, a diferencia de los tuyos.


- Aun así, puedo ver a través de ellos. Venga, suéltalo de una vez.


Deja el sombrero en el suelo, despacio, ganando tiempo. La melena revuelta del color de la plata le cae hasta los hombros. Un suspiro. Sus párpados se cierran en una fina rendija.


- ¿Cuánto tiempo llevamos con esto?


El bajito mueve la cabeza en un gesto vago.


- No lo sé. Desde que nací que vengo aquí cada día a disputarme la eternidad contigo. O lo que carajo sea que hacemos.


- Y todavía no sé tu nombre.

Se hace el silencio. Un segundo. Un minuto. Eones. El tiempo es relativo en

esta oficina.


- ¿Esa era tu pregunta? – Ríe a carcajadas arrugando un rostro tosco y hasta cierto punto brutal.


- Sí, y no le veo la gracia.

El bajito se serena. Suelta un largo ay... Del bolsillo de la camisa saca una cajetilla de tabaco y un mechero. Le ofrece a su compañero, y éste lo rechaza. Fuego y una calada. Ay...


- Pues yo que sé. Llámame cómo quieras. Yo conozco todos tus nombres. Me parece justo que te diga el mío. Pero el caso es que no tengo, así que...


- Bukowski, entonces.


- ¿Bukowski?


- Sí, así te llamaré.


- Está bien. Cómo quieras. – Humo entre los dientes.- Bukowski. Me gusta. Bukowski da unos golpecitos al pitillo sobre el cenicero.


- Es una pena, – comienza a decir con un tono rauco y un punto abatido - una pena que seamos enemigos. ¿No crees?


El de la melena platino esboza una sonrisa conciliadora, de curvatura justa.


- Quizá enemigos sea un término demasiado grave, ¿no te parece?


- Tienes razón. Opuestos, mejor.


- Sí, mejor.


Callan de nuevo. Rumian para sus adentros.


No hay eco en la estancia. No hay nada si no polvo. Bukowski fuma lentamente, pues no tiene prisa. El universo se estira. Los límites se expanden. Surgen mundos en los pliegues. Tinieblas. Todo y nada fuera de este frasco sobrevalorado que llamamos existencia. Y mientras, dos tipos, a cada cual más ridículo, charlando como si nada, en unas viejas oficinas situadas vete tú a saber dónde.


- ¿Sabes? Te envidio. Envidio tu capacidad de sentir.


- No te equivoques, viejo. Hace tiempo que perdí mi capacidad de sentir.

- Eso repites siempre. – Bukowski expulsa el humo en una risa seca, sarcástica. – En ese caso, digamos que envidio tus objetivos. Son más nobles que los míos.


El de los ojos negros recoge el sombrero y se pone de pie. Le da la espalda al viejo de la camisa horrible para encarase al ventanal y su vacío.


- Por mucho que mires por esa ventana nunca verás nada. Lo sabes, ¿verdad?


- Ya lo sé. Es un reflejo inútil que todavía conservo. Mirar, intentar ver más allá.


Otra calada. Y otra. Por fin se gira el del sombrero.


- ¿Sabes? Hoy te noto diferente. Te veo más hablador. Menos convencido de tu causa. Llevamos un rato aquí dándole a la lengua y ni siquiera hemos comenzado con tu ridículo informe. ¿Ya no te interesa ganar?


Bukowski apaga la chusta en el cenicero de cristal dejando una mancha parduzca.


- Tú tienes una causa, yo no. Únicamente soy un empleado. Una herramienta.


- Ya, claro, lo olvidaba. Ni siquiera sabes por qué haces lo que haces.


- Eso es.


- Qué triste.


- Bueno, depende de la perspectiva con la que se mire. Es por eso por lo que estoy aquí. Si no hubieras puesto el universo patas arriba quizá yo no existiría. Eres el detonante de mi existencia.


Sonríe con su mueca particular el del sombrero.


- Me debes un trago entonces. Una copa por tu nacimiento.


- A la próxima, tal vez. Ahora tenemos que ponernos manos a la obra. Como bien dices, llevamos charlando de tonterías demasiado tiempo.

Asienten ambos. Bukowski abre la carpeta azul. El del sombrero se acerca para ver mejor su contenido. Todavía no ha borrado la sonrisa de su rostro pálido y mortecino. Frío y tinieblas. Se desvanece de un plumazo el tono sereno y conciliador. Enemigos quizá sea un término demasiado grave. Opuestos.


- El tiempo, viejo amigo, es relativo.

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