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  • Cristian B. Reche Lillo

Por qué El Conde de Montecristo es mi libro favorito

Actualizado: 24 de ago de 2019



He engendrado en vuestro corazón un sentimiento que antes no abrigaba: la venganza.


Mi biblioteca es un puzzle. Decir que es diversa es quedarse corto, pero afirmar que leo un poco de todo sería mentir.


Por ejemplo, en mi biblioteca no caben vampiros que brillan ni piratas cachas que roban el corazón de mujeres desesperadas. Tampoco hay esoterismo ni panfletos de autoayuda barata. Y, no sé porqué, tampoco hay nada sobre recetas culinarias.


Los pigmentos que componen el cuadro de mi biblioteca son otros.


He intentado organizarla mil doscientas y una vez, pero siempre he acabado aburriéndome. Lo mismo no soy muy constante, yo que sé.


Al final, he tenido que rendirme y dividirla en varias estanterías, ubicadas por toda la casa (claro, me encantaría tener una de esas bonitas salas diáfanas en mi casa, techos altos y luz natural, pero… lo veo improbable a medio y largo plazo, la verdad).


Si un día vienes a casa a tomar café, o a comer carne a la brasa, tendrás que soportar el cariño excesivo de tres perros malcriados (pero muy buenos), y a cambio podrás echar un ojo a mi biblioteca. Verás que hay mucha obra diferente.


Desde fantasía épica, ciencia ficción, histórica, noir, filosófica, manuales de arte, ensayos sobre cine, política, novelas gráficas ( El Cuervo, V de Vendetta y Sandman reinan esta sección) cómics de Marvel, cómics de DC, cómics de Vértigo, manga… pasando por clásicos como la Divina Comedia o el Quijote, aventura, thriller, existencial (Manuel Vilas, Murakami, Banville), guiones de películas…


Imagínate el percal, y todavía sigo engordándola mes a mes. Mi mujer dice que moriré un día sin haberlo leído todo, lo que me fastidia es que tiene razón.


De entre todas esas obras, hay muchas que me han hecho vibrar y todas sin excepción me han transformado.


Sin embargo, tras mucho pensarlo, diría que mi favorita es la historia de venganza de El Conde de Montecristo.


Y no tengo una argumentación clara.


Supongo que se debe a un cúmulo de sensaciones y casualidades.


Desde bien pequeñito me encantaba todo lo que tuviera que ver con espadas. Si brillaba el acero yo era feliz.


Sería un crío de seis o siete años cuando vi en la tele junto a mi padre Braveheart, yo deseando ir al campo para recrear con un palo la batalla final contra los ingleses, él con la calma del que sabe que si el niño es feliz con eso, algún día se convertiría en un tipo inteligente.


Siguieron Excalibur, Conan, El Hombre de la máscara de hierro (mon dieu, que peliculón), la Isla de las Cabezas Cortadas, La Princesa Prometida…


Hasta llegar a lo que con solo 10 añitos me hizo soñar como nunca lo he vuelto a hacer: el Señor de los Anillos.


Fue a partir de esa maravillosa trilogía (ahí está, en versión extendida en la estantería de películas) cuando comencé a leer como un poseso.


Me ventilé los libros de El Señor de los Anillos y quería más, mucho más. Mi hermano, que es el mejor tipo que conozco, me regaló las Crónicas de la Dragonlance. Me duraron un asalto, y aunque me lo pasé muy bien, después de Tolkien era como comer macarrones congelados.


Entonces mi hermano tuvo la genial idea de comprarme el primero de Alatriste. La verdad es que no tenía muy claro si me iba a gustar, yo solo tenía unos doce y mi cabeza estaba repleta de orcos, elfos y señores oscuros.


Pero mi hermano siempre ha sido un tío listo, de los más listos que he conocido, de hecho. Y con mucha intención me dijo que ese libro era como las películas de los mosqueteros pero en España.


Nada más que añadir, señoría.


Empecé a leerlo y gocé como el enano que era. Tanto me gustó que casi grabo una película en el instituto con mis amigos sobre la figura creada por Reverte, con el ocurrente título de Alacriste (era joven, no sabía lo que hacía, por suerte aquello no pasó del guión y dos ensayos).


Disfruté muchísimo y de paso aprendí Historia de la forma más natural posible, sin darme cuenta.


Devoré el resto de títulos del espadachín que había publicados en el momento y desde entonces fui lector asiduo de Reverte (aunque con Hombres Buenos y Falcó estoy un poco decepcionado).


Cuando se me acabó Alatriste, a mí todavía no me había salido la barba. Necesitaba más. Así que con cierto respeto me hice con una versión de bolsillo del primer libro de Los Tres Mosqueteros. Por entonces tendría unos diecinueve (y sin barba, fíjate).


Me daba un poco de apuro no ser capaz de leer el libro, bien por el lenguaje o porque la historia no me apasionara. Aun así lo intenté.


El resultado fue un empacho de aventuras y estocadas increíblemente divertido y fácil de leer. ¿Cómo es posible que no recomienden su lectura en los institutos?


Me enamoré de Athos (en los videojuegos donde tengo que elegir nombre para mi personaje, siempre pongo el del conde de La Fere), un personaje que representaba todo lo que me atraía entonces y hoy.


En cuanto lo terminé, mi mujer (novia en ese momento) me regaló El Conde de Montecristo, casualmente con prólogo de Reverte.


Sentí miedo de nuevo. Dumas me había hecho reír y emocionarme con los tres mosqueteros y el joven D’Artagnan, pero esto parecía más serio, más denso.


Y en efecto. Esta obra es la historia más oscura de Dumas, poco que ver con la ligereza y desenfado de los mosqueteros. Sin embargo, no he vuelto a leer una novela que me hiciera sentir tan bien.


Es difícil de explicar.


He leído mucho y diría que mi autor favorito es Banville. Además, el estilo de autores como Murakami o Mishima me influencian directamente a la hora de escribir.


Sin embargo, aunque sus historias me han enseñado mucho como ser humano y como escritor, ninguna me ha arropado tanto como la de Edmundo Dantés y su personal y amarga vendetta.


Es el libro al que más cariño le tengo. Hace diez años ya que lo leí y estoy deseando encontrar el momento para volver hacerlo.


Recuerdo las noches en mi habitación, con el flexo encendido, viviendo con claridad cada escena y preguntándome por qué HBO no compraba los derechos (si eso es posible) y se decidía a hacer una serie, nada de películas donde la personalidad y el carisma de Edmundo apenas pueden rasparse.


La venganza del Conde de Montecristo es un grito de resistencia contra la injusticia y la hipocresía. Su gesta, la de ser mejor que aquellos que lo encerraron por conveniencia y le arrebataron su vida sin ningún tipo de escrúpulo.


Todos deberíamos aprender de esta obra, todos deberíamos ser como Edmundo: sobreponernos y aprender a ser mejores.


Sin duda, el libro al que más cariño le tengo de ese puzzle que es mi biblioteca.

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