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  • Cristian B. Reche Lillo

No podrás encontrarme en la ciudad de las mil esquinas



No podrás encontrarme en la ciudad de las mil esquinas. Ya no hay sitio para mí allí. He huido. Estoy sumido entre el follaje de otro mundo más puro, como un hongo absorbiendo los minerales de la tierra. Aquí me despierto con la propiedad acústica del aire. Su salmodia. Grito a pleno pulmón. Canto canciones prohibidas y leo obras que tú nunca leerás. Me responde la música primigenia del bosque.


No puedo decirte más. Si cogen estas cartas a ti te encerrarán y a mí vendrán a buscarme. Sin compasión, sin cuidado por mis alas nuevas de mariposa, me arrancarán de la corteza de los árboles.

En este sitio la soledad se da un respiro.


Hay otros. Outsiders que se mecen en el viento y en el olor del invierno. Algunos son poetas, fíjate. Y yo que creía que todos los poetas estaban muertos. Otros pintan. Componen. Lloran si lo necesitan. También hay consuelo. Besos en la boca. Días buenos y días hiedra. Me han dejado una guitarra. Estoy aprendiendo a tocarla. Sonrío a menudo. Me doy cuenta de que nunca antes había disfrutado tanto aprendiendo algo.


Without you I’m nothing… Es la canción que estoy sacando. Me recuerda mucho a ti. Ojalá estuvieras aquí conmigo…


Perdona por haber saltado hasta el final, pero hoy te echo mucho de menos y me ha podido el desánimo. Está bien, te contaré por qué nunca llegue a casa ese día.


Ver cómo detenían a aquella anciana me revolvió el estómago. Mira a tu alrededor. Centenares de personas que han renunciado a ser feliz. Y no lo saben. Así era yo. Así éramos todos. Por el éxito y la aceptación fui capaz de renunciar a todo, a mi tiempo, a una simple canción. A cambio, un iPhone Infinite, vacaciones de dos semanas en una playa abarrotada, televisor mural. No está mal, ¿verdad? Cada compra alivia un poco. Cada noticia de inmigrantes ahogados en el mar te recuerda tu suerte, ilumina tu lado bueno del charco. ¿Cobarde yo? No hay otra manera. No existe otro camino que el que nosotros mismos nos hemos trazado. Y es este.


¿Verdad?


Pues empecé a dudar seriamente. De vuelta a casa me dio por pensar, y esta vez no pude contenerme. Pasé por escaparates que gritaban como sirenas hambrientas. Todo parecía tan bonito… ¿Sabes lo bien que quedaría eso en el salón? Podríamos tener un comedor como los de los catálogos. Sí, intenté centrarme en eso, en vano.


“¿Qué coño estoy haciendo?”. Sin tan preocupado estaba por ser un tipo de éxito, ¿por qué llevaba libros en la mochila? ¿Por qué carajo tarareaba melodías de Placebo? Recordé la conversación con mi compañero de oficina, ese con peinado de futbolista y rostro perfecto. “Una píldora así de pequeña. Cuando te la tomas, se liberan unas nanomáquinas que trepan hasta tu cerebro y te permiten cargar y descargar información.”


- No, no. ¡No! Ni hablar.


Comencé a hablar solo por la calle. Volvían a mirarme, acusadores. Podéis idos a la mierda en fila india. Yo no pienso tomarme ninguna puta pildorita que me diga qué puedo o no descargar en mi cerebro. ¿Veis allí en el horizonte, al final de la avenida, ese agujero en el suelo? Es el abismo. Que os aproveche. A mí dejadme en paz.


Saqué los libros y lancé la mochila a la carretera. Los coches la aplastaban al pasar y yo sonreí de puro alivio. Dentro llevaba mi Mac de última generación y varias carpetas con gráficos para enseñar en una reunión sobre proyectos internacionales. Podría estar en mesopotámico por lo que a mí respectaba.


Caminaba y reía. Como un loco. Los transeúntes me miraban cada vez con peores ojos. Estaba interfiriendo en sus ajetreadas vidas. A uno le tiré a la cara el bote de analgésicos que llevaba en el bolsillo. Madre mía, exploté en carcajadas. Y seguí trotando por el sendero de baldosas amarillas.


“Ya está.” Pensé. “Te acabas de convertir en un Outsider de manual.”


También pensé en ti y me invadió el vértigo. Sabía que ya habrían avisado a la Policía del Karma. Cualquiera que pasara por allí y no quisiera que sus hijos crecieran en un mundo desordenado de desquiciados fracasados habría cogido su tabla de comunicaciones y en un periquete mandaría a volar el mensaje de: POLICÍA DEL KARMA, ARRESTE A ESTE A HOMBRE.


Corrí. Tuve que correr. Viajé al bosque. No podía hacer otra cosa.


Siento el daño que he podido causarte, pero tienes que creerme. No tenía más opción que huir. Si hubiera ido a casa me habrían arrestado y a ti también por defenderme. Estoy seguro de que fueron a visitarte, a evaluarte, pero la versión que darían sería que tu marido se ha vuelto majara por la presión, que no es un verdadero Doer y bla, bla, bla.


Hay muchos más como yo. Más Outsiders, aunque la palabra que usamos es Revêur, Soñadores. Cuando estés aquí te contaré en persona cómo viajé a este mundo y cómo aprendí a ser feliz.


Te estarán vigilando. No me importa. Lo tengo decidido.


Voy a ir a buscarte.

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