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  • Cristian B. Reche Lillo

La muerte del comendador (o mi reconciliación con Murakami)



"Quería emprender un largo viaje, tal vez, incluso, llegar hasta la luna."


Ya te conté como surgió mi relación con el autor japonés en otra entrada de este blog.


Pero para resumírtelo pronto y con menos gracia, te diré que El fin del Mundo y un despiadado País de las Maravillas me abrió la puerta al Universo que hoy escribo, y que Tokio Blues fue el empujón definitivo para convertirme en escritor profesional.


Tras esta experiencia me convertí en asiduo de sus libros.


Todavía interpretando el papel de estudiante universitario, me dediqué a llenar mi despensa con latas de atún para poder gastar más dinero en libros (sí, me inflé a atún barato, puedes llamarme Señor Mercurio).


Entre estos libros siempre había algún título de Murakami en edición de bolsillo (los más baratos, claro), prácticamente todas las semanas me hacía con uno y lo devoraba en apenas dos días.


Hubo como tres o cuatro semanas seguidas en las que únicamente compré libros de Bukowski y Murakami y el tipo de la sección de literatura de la FNAC, que era un cachondo y ya me conocía, me decía: "mira, ya está aquí el Burakami". Era un cachondo pero tenía la misma gracia que una piedra.


El caso es que a lo largo de los años me he ido haciendo con prácticamente todas las novelas del autor, a excepción de un par.


Y las he leído con mucho gusto.


Disfruté mucho con 1Q84, Al este de la frontera al oeste del sol, Kafka en la orilla (mi preferido, tal vez)... Y así, así, así...


Hasta que me topé con Baila, baila, baila. Sí, me pareció un buen libro, pero una mala novela de Murakami (opinión totalmente subjetiva y personal, eh, no se me enfade nadie).


Aquello no me lo esperaba. Incluso me aburrí en ciertos puntos de la historia.


Y no es que el libro no tuviera calidad, es que olía demasiado a desgaste, a un Murakami en piloto automático escribiendo sus cuatro tropos de siempre para salir del paso y tener otra novela lista. Me sentí un poco decepcionado.


La cosa no remontó porque lo siguiente que leí fue El elefante desaparece.


Ya me había leído otros dos conjuntos de relatos sobresalientes como Hombres sin mujeres y Después del terremoto. Pero los cuentos de este recopilatorio... En fin, ni chicha ni limoná, que se dice. Buenos relatos, mal Murakami.


Después quise leer sus historias ilustradas por Kat Menschik. No están mal, me dejaron buen sabor de boca, pero no me reconciliaron con él.


Entonces, llegó algo de luz.


Los años de peregrinación del chico sin color me pareció una buena novela, con todo lo que convierte a Murakami en un poeta de la prosa capaz de clavarte saetas en las tripas y en el alma, pero sobretodo en el corazón. Seguía oliendo a cierto refrito, y quizá en algunos puntos el nipón temía arriesgar y abandonar el piloto automático, pero esta historia sí logró tocarme la patata.


Venga, la cosa remontaba.


Seguí con Escucha la canción del viento y me pareció una pequeña joya.


Tenía en mi estantería sin empezar Crónica del pájaro que da cuerda al mundo, creo que es de lo primero que publicó, no estoy seguro. Si era de la época de Tokio Blues, tenía que ser bueno por fuerza.


Pues... vaya...


La única novela que no he conseguido terminar de Murakami, y la he empezado tres veces. No hay forma. No entro. Ya no sé si es cosa mía o qué, pero siempre que comienzo a leer sus páginas me imagino al autor con cara de sueño escribiendo sin muchas ganas y sin dejar de mirar el reloj.


Vale que este hombre no es el rey de la trama (cosa que yo agradezco, tampoco yo soy un escritor de trama) pero, por el amor de los dioses, no me obligues a leer esto si no vas a contarme nada en absoluto.


De verdad, no podía creer que este tipo fuera el mismo poeta que lo había volcado todo en Kafka en la orilla o 1Q84.


Lo volví a dejar en la estantería y ahí está, todavía.


Me di la vuelta y seguí a lo mío.


Entonces escuché por ahí que llegaba nueva novela: La muerte del comendador.


Para ser honestos, no estaba muy emocionado. Por decirlo en términos más actuales, mi hype estaba por los suelos.


Aun así, un buen día recibí este nuevo libro como regalo. Comencé a leerlo sin demasiadas expectativas...


¿Y sabes qué? Me encantó.


Me ha hecho sentir como antes, como cuando leía sobre seres cotidianos y mundanos que encerraban toda la filosofía del mundo en un simple gesto, que compartían conmigo un pálpito desasosegante y esperanzador a la vez.


Es, quizá, la novela murakamiana en la que menos cosas suceden y, sin embargo, de las más sencillas de leer.


No sé cómo explicarlo. No quiero explicarlo, en realidad.


Paso de hacer una reseña contando de qué va y cuáles son sus puntos fuertes. Porque esto es subjetivo, tanto que me ha parecido reencontrarme con un viejo amigo.


Ese tipo de complexión menuda que, sin saberlo, me convirtió en escritor.


Todavía no he leído la segunda parte, pero estoy deseando hacerme con ella.


Por el momento voy a preparar café, que con esta lluvia apetece. Un par de tazas humeantes.


La de los Stark para mí, la de los Beatles para el comendador, que esta aquí sentado a mi lado, aunque solo yo puedo verlo.


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