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  • Cristian B. Reche Lillo

Camina, Invierno (Fragmento)



3. You are no exception / There are no reruns / Justify your reasons / Now it is my turn



Llegar a casa y meterse en la cueva cuando todos despiertan supone una sensación extraña, un punto desoladora. A veces, sólo a veces, quisiera ser alguien corriente. Sin golpes. Café negro, tostada. Buenos días, cariño. Voy a la oficina. Te veo luego… y todas esas cosas.


Sólo a veces.


Pues únicamente es capaz de imaginar parte de esa vida. Un lobo jugando a ser el perrito más dócil, es absurdo. Él es salvaje. No conoce más que las dentelladas y la carne cruda. Y el dolor, el pulso constante en su estómago, indigestión de cristales. Ni tan siquiera hay manada, no podría, no sabría. La soledad simplifica las cosas. Para empezar, obliga a despejar la mente y a no hacer planes de futuro.


Sólo a veces.


El piso es pequeño, equipado con lo justo, no precisa más. La Cabaña paga bien. Cada golpe sube la cifra y el caché. Pero Teo no es un tío de caprichos. Piensa en viajar, ir a Groenlandia, o a donde haga mucho frío. Hielo, nada, silencio.


Cierra las ventanas y baja las persianas.


Deja el abrigo y la careta lupina en la percha. Frota las manchas de sangre reseca. Debería lavarlo, aunque el olor y las motas parduzcas le facilitan la tarea. Cuando los corderitos ven al Lobo o se mean, o se cagan, o suplican hasta el desmayo. Es su pelaje, su identidad.


Lo deja como está.


¿Y lo de abajo de la máscara? La piel. Y la piel ya es otra cosa. Bajo el abrigo ha sudado como un cerdo. Necesita una ducha. Enciende la luz del cuarto de baño. Se desnuda. Abre el bote de comprimidos. No sabe qué son ni cómo funcionan. Aplacan el quejido de sus entrañas maltrechas, con eso le sobra. Dos pastillas al fondo de la lengua. Trago de agua. Para adentro.


Se mira en el espejo, ¿quién eres?


- Me llamo Dylan Thomas. – Le dice al reflejo, imitando la voz del viejo. – Y voy a matarte, hijo de puta.


Después se refriega la cara con las manos. Necesita esa ducha y echarse un rato a dormir. Abre el grifo de agua caliente. Cierra los ojos. El chorro le empapa el pelo alborotado, el cuerpo entero.


Al abrir los párpados algo llama su atención.


Entre el agua una mancha negra se extiende. Un esqueje de hiedra sale por el desagüe, taponando con sus hojas el agujero. Agua estancada. Cierra el grifo y mira extrañamente calmado como la planta invade todo el sumidero. Es de un color gris oscuro, sin flores. Las hojas tienen un aspecto sólido, casi cristalino. Los tallos parecen respirar. Son como pequeños pulmones finos y estirados. Un rumor…


“¿Qué haces aquí?”


PUM-PUM. PUM-PUM.


Roza con los dedos el extraño vegetal. Su textura es húmeda, se contrae como un caracol al tacto. Hiedra, hierba de mal agüero. La agarra convirtiéndola en un matojo oscuro. Estira con fuerza. Al fondo, en la última habitación del pasillo de su cerebro le parece escuchar un grito de dolor. No es nada. Sólo el cansancio. Igual que esa extraña hiedra. Tan extraña que nace por el sumidero y va creciendo. Que no tiene sentido. Que limita con lo imposible. Ceden los tallos. Los arranca.


PUM-PUM. PUM-PUM.


Se queda solo frente a un reflejo. Solo y desnudo.


En la mano, un ramo de oscuridad.


“¿Qué estás haciendo aquí?”


Suena el teléfono. Al otro lado una voz le da la noticia. Ya doblan las campanas, dice.


El Capitán ha muerto.



👉 Puedes leerla toda aquí: ➡️ CAMINA, INVIERNO


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